El año que no quisimos, pero nos tocó vivir.

Índice.

El año que no quisimos, pero nos tocó vivir. 

Prólogo. Presentación

Introducción. El reto de reflexionar desde una desconocida y dura experiencia.

Capítulos.

1.- La experiencia y sentimientos del equipo redactor.

2.- Cómo trabajar un futuro distinto al pensado.

3.- El cambio hacia una nueva convivencia.

3.1.- Fomentar una sociedad más sociable y armónica.

3.2.- Una educación para el cambio.

3.3.- Firmar un pacto con la naturaleza.

3.4.- Consolidar Europa y la integración europea como proyecto común de convivencia.

3.5.- Había otra forma diferente de vivir.

3.6.- Mirar al mundo que nos rodea.

3.7.- Una democracia agredida y desconfiada.

Bibliografía.

El año que no quisimos, pero nos tocó vivir. 

  • Prólogo. Presentación.

Un año más iniciamos la presentación del Informe del Observatorio de la Realidad Social que cada año presenta la Comisión de Gipuzkoa de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Fieles a este compromiso, en este peculiar año rebosado de impedimentos, el equipo que plantea, debate y elabora los temas que constituyen el III Informe mantuvo sin embargo una reunión inicial virtual para configurar el Informe 2020 en el mes de septiembre.

Presenté un documento inicial, titulado Unas ideas para la redacción del III informe con el objeto de organizar la reflexión. Una vez leído y analizado, el grupo redactor se inclinó por enlazar con el epílogo que redacté para el informe 2019. En él, ya se hacía referencia a los primeros efectos de la pandemia. El documento previo tenía también como objetivo, orientar los trabajos del nuevo informe en el que se evalúe lo observado y experimentado durante el año 2020 y concluir con una reflexión sobre las perspectivas de la post pandemia.

No revelaremos cuál va a ser el futuro, no somos profetas, pero sí apuntamos cómo debería ser o cómo deberíamos ser para contribuir a un futuro mejor, todavía más humano y solidario. Nada de normalidades, nuevas o viejas, sino ideas, conductas, acciones y creaciones que corrijan errores pasados y pongan bases para una sociedad mejorada.

Con la conciencia de tratarse de una tarea ardua, nos fiamos en el bagaje intelectual, conocimientos y referencias del equipo redactor. Nos apoyamos, además, en información, asesoramiento y contraste suficiente como para elaborar un texto con contenidos, de interés y sugestión a nuestros ciudadanos y a nuestras instituciones.

Entendemos que nada nos ata en nuestras conclusiones, salvo el fin primordial de la Bascongada, “el bien y la utilidad del Público han de ser las palas sobre las que giren nuestros discursos y el blanco al que dirigir nuestras operaciones”. No habrá en la historia del País Vasco, una manifestación institucional y un compromiso político más determinante sobre el valor de la actuación pública en pro del bien común que la que contiene esta frase. Este fin nunca ha dejado de estar vigente y más en la actualidad, donde la solidaridad junto con la responsabilidad cívica, deben sostener el orden y la salud social.

En este contexto nace este documento final para su discusión y debate en integración final en el que será el III Informe del Observatorio.

Introducción:

  • El reto de reflexionar desde una desconocida y dura experiencia.

El contexto general ha sido proactivo y comprometido en el alivio de la pandemia. La Bascongada no podía dejar de serlo. La UE, los gobiernos, los empresarios, los trabajadores, las diferentes instituciones de todos los sectores, la ciudadanía responsable, están realizando un enorme esfuerzo de soporte y adecuación a una dura situación que les ha sobrevenido. Adaptando además sus acciones y previsiones a una nueva incertidumbre que habrá que ir atendiendo con dosis de improvisación, aprendizaje y planificación.

Existe un desconocimiento compartido con esperanza, pero todos demandamos reflexión, aportación razonable, sensatez en las actuaciones, equidad y solidaridad para resolver los desajustes ocasionados. No sabemos si viene un mundo nuevo, pero al menos intuimos que vendrá reformado. A él debemos contribuir al menos con nuestro análisis y reflexión.

Se trata de responder a una pregunta tanto individual como colectiva: ¿Cómo queremos, debemos o podemos ser? La respuesta solo depende de nosotros. En el Epílogo del informe 2019 decíamos: “Hemos escrito intencionadamente reconstruir el futuro porque no intentamos reconstruir el pasado. Ahora toca construir, con lo mejor de nuestros ideales, conjuntamente entre administración y ciudadanos, el futuro, desde el futuro que queremos darnos, consensuado, más humano, igualitario y equitativo”.

 En Europa se han movilizado ingentes recursos económicos para resolver el socavón ocasionado por la pandemia. El convencimiento dentro de la sociedad de repensar aquello a lo que hemos llamado desarrollo, va unido a lo aprendido con las secuelas de la pandemia y la necesidad de reorientar la vida y conducta social. La oportunidad es inapelable para olvidar la llamada vieja normalidad y construir el futuro sin los vicios del pasado.

Se ha escrito, que los seres humanos somos obras en progreso que erróneamente pensamos que están terminadas. El cambio, o lo iniciamos o se nos impone, es inevitable, pero no está fuera de nuestro control. Es mucho más fácil rebelarse contra el presente que imaginar un futuro diferente. Pero sin tomarnos el tiempo para imaginar quiénes queremos ser, nos veremos avocados a seguir el camino a donde pasivamente la vida nos lleve. Dar forma al futuro requiere preparación permanente deliberada, o dicho de otra forma capacidad de orientarse hacia un objetivo específico. No se puede crecer eficazmente si carecemos de una dirección del crecimiento. Se necesita adoptar un objetivo claro que en este caso no es sólo un empeño individual, sino expresamente colectivo, para empezar a dar forma a este proceso de cambio.

La motivación como la esperanza, provienen de conjugar este objetivo claro y firmemente deseado, con la convicción de que se puede tener éxito y la posibilidad de encontrar un camino para llegar a él. La sicología positiva ha dejado como enseñanza que los seres humanos no son impulsados únicamente por su pasado, sino que en realidad son inducidos hacia adelante por sus propias concepciones sobre el futuro, una idea a la que los psicólogos se refieren como «prospección».

Pese al impacto de la tristeza y el aislamiento a la que nos han sometido los datos y hechos de la pandemia y de las medidas para su control y corrección, pretendemos ser positivos en nuestras opiniones, siguiendo con la línea marcada en los anteriores informes. Con este queremos lanzar una reflexión esperanzadora y promover un debate que nuestra golpeada sociedad necesita. El nudo es la pregunta de por dónde y cómo debe orientarse nuestro próximo futuro.

Al finalizar nuestro análisis comienza la aplicación de las vacunas aprobadas en las que están puestas las esperanzas de dominar la pandemia. La vacunación resulta el arma principal que disponemos, para salir de la pandemia. Tanto más eficaz cuantos más sean los vacunados, lo que la convierte en un deber social y solidario de responsabilidad personal.

No discutimos sobre su obligatoriedad o no, pero consideramos que debe llevarse un control de vacunados y no vacunados. Quienes durante este periodo tanto han reclamado la libertad, en ocasiones olvidan que no hay libertad sin deberes. No vacunarse, es un acto insolidario. Encontrándonos ante una pandemia, es necesario por el bien común que la vacunación generalizada llegue a todos los rincones del mundo.

Empecemos por entender que el comportamiento ciudadano en el presente está en gran medida moldeado por su visión de esperanza o desesperanza, sobre las próximas décadas y las generaciones que tomarán el protagonismo en ellas. En consecuencia, la encomienda es delinear un futuro claro, emocionante, atractivo por su oportunidad y provecho. Pero también como algo que creemos que somos capaces de crear, para poder influir en que el comportamiento ciudadano en el presente, refleje y proyecte esta esperanza.

Un futuro renovado nace del análisis riguroso del pasado, sin concesiones ni engaños. Analizar con rigor es analizar desde los valores que han sostenido a la sociedad y la han hecho crecer en equidad y solidaridad.

Analizar es descubrir por donde se han fugado los principios que dirigían la conducta individual y el consenso en pro de la comunidad. Así, la esperanza de crear un futuro tiene fundamentos de relación fiables y confiables. Desde la verdad, asumiendo nuestra debilidad como una fortaleza constructiva que necesita de la unidad y de la solidaridad para el bien común. Ahí, si hay futuro, aunque no sean tiempos de esperanza.

1.- La experiencia y sentimientos del equipo redactor.

  • No empezamos a ser propiamente seres humanos si no hemos sido antes ciudadanos.

Jean Jacques Rousseau.

Con la pretensión de mantener esta esperanza, el grupo redactor realizó una primera reunión para elaborar las bases del Observatorio 2020. Fue una puesta en común de las experiencias personales vividas durante el primer confinamiento y sus sucesivas fases. Dos cuestiones planteadas en la convocatoria constituyeron la guía de la reflexión en común. Primero, la necesidad de “salir de nuestro confinamiento personal e intelectual con nuevos ánimos”. Segundo, el “reto de ser capaces de efectuar una reflexión creativa sobre las previsiones para el futuro post pandemia y comunicarla a nuestros conciudadanos”. 

El sentimiento común coincidía en calificar este año 2020 como muy especial. No fácilmente definible, pero a su vez abrupto por introducir hechos disruptivos e influyentes en los hábitos de vida cotidiana. Han quedado afectadas las relaciones personales. Se ha detenido la actividad cultural. Hemos debido superar y enderezar una cierta desorientación personal. Observamos resquebrajarse las fortalezas económicas que parecían vigorosamente ancladas tras la crisis precedente. Se ha introducido la desconfianza no sólo en la gestión política, sino ampliada a las instituciones públicas garantes de nuestro bienestar.

Esta pandemia, se concluía, está siendo la experiencia más dura que nuestra generación ha vivido. Nadie puso en duda que va a suponer un antes y un después en nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestra misma configuración como sociedad. Un fenómeno imprevisto, que hace precisa y oportuna, la comunicación y puesta en común de vivencias y aportaciones personales para poder poner en perspectiva todo lo vivido y afrontar, de nuevo apelando a la esperanza para el futuro. En consecuencia, en un ambiente de desahogo y creación estas fueron algunas de las constataciones destacadas:

  1. De nuevo vuelven a ser los jóvenes y las personas mayores en este caso dependientes o no el centro de observación y consideración. Dos colectivos ya señalados en nuestros anteriores informes, como gravemente afectados y merecedores de atención de las instituciones y de la sociedad.  Han transcurrido tres años desde las primeras observaciones y recomendaciones y en la práctica nada ha cambiado. Se han hecho proclamas públicas, pero siguen sin aparecer soluciones eficaces. ¡Qué mundo estamos dejando para ellos ¡
  1. Recordamos que el propósito de este grupo de reflexión, con estos informes del Observatorio, es contribuir a fortalecer la conducta y la responsabilidad social como ciudadanos. Los comportamientos sociales observados, resistentes de formas variopintas y desproporcionadas a los severos y necesarios condicionantes de la realidad cotidiana que impone la pandemia han propiciado el pesimismo sobre el ser ciudadano. Cómo y con qué solidez podemos construir un futuro diferente y más   humano. La respuesta cívica, madura y responsable, ha sido mayoritaria, pero la irresponsabilidad anárquica y socialmente inmadura ha podido prolongar los efectos del virus.
  1. Se constata un consenso sobre un sentir general en la sociedad, “la necesidad de cambiar”. La expresión “no gusta la sociedad precedente” tiene una acogida unánime, aunque también es cierto que se convive con el afán vehemente de “volver a lo mismo, a la anterior situación”. La demanda de cambio es en realidad una añoranza de valores claves como respeto, empatía, cooperación, conducta educada y ética. Estos valores, disminuidos, cuando no olvidados, en la conducta individual inducen una crisis de conducta colectiva. De ahí, la puesta en cuestión de un contrato social implícito que nos vincula con el respeto a lo público y al bien común, debido a la prevalencia de la frustración y la intolerancia que generan déficits en el comportamiento responsable ciudadano. Estas afecciones, presentes en el subconsciente individual y colectivo, han sido estimuladas desde posiciones ideológicas oportunistas, tendencias anárquicas negacionistas ignorantes, o lo más grave, por una carencia de ubicación en la vida y actividad social.
  1. La Pandemia ha puesto de manifiesto nuestra vulnerabilidad intrínseca como personas y como comunidad. Una vulnerabilidad que nos evidencia la ineludible realidad, de quevivimos interconectados y todos dependemos de todos. Esta mutua relación y dependencia no se reduce a las relaciones cotidianas sociales y laborales, tampoco al mundo de internet ni a las diversas influencias de la economía. Tampoco es solo un asunto de comunicaciones avanzadas, ni de compartir información, es la propia vulnerabilidad una de las fuentes de la relación necesaria. Un simple virus nos relaciona, nos contagia y nos iguala.
  • La pandemia ha descubierto las contradicciones que teníamos conscientemente ocultas y que nos ha mantenido autoengañados en una aparente sociabilidad. No veníamos del mejor de los mundos, aunque así lo creíamos. Nuestra debilidad moral y la preminencia individualista sustentaban una sociedad con desigualdades humanas y económicas, severas. La pandemia ha derivado en el incremento de la pobreza y la desigualdad entre los más desfavorecidos cuya atención precisa un elevado coste de recursos públicos. Ha quedado acreditado que podemos disponer de recursos, pero no tenemos un proyecto colectivo de pertenencia a una comunidad, lo que pone en peligro la construcción ciudadana y democrática.
  • Se precisa apelar a actitudes resolutivas y transformadoras como cooperar, colaborar, compartir, para encontrar una comunidad de convivencia en la que desarrollarnos con equidad. Son prioridades con frecuencia manifestadas, pero escasamente practicadas. El cambio deseado debe buscar la armonía entre personas y sociedades. Ser conscientes de la vulnerabilidad aun en medio de los avances de la tecnología y valerse de ésta en su control y prevención de sus perturbadoras consecuencias. No podemos esperar que todas las soluciones a nuestras limitaciones se atiendan desde el Estado en cualquiera de sus formas. Aunque éste sea garante del bienestar ciudadano. Cada uno en nuestro ámbito, desde la familia, el trabajo, la educación, la salud, la diversión, la actividad cultural, el deporte, la relación social, tenemos la responsabilidad de cuidar el orden social y de promoverlo. No se trata de ceder derechos sino de ejercerlos porque también son deberes para con los derechos de los demás.
  • El grupo señala la ausencia de paradigmas o referentes públicos civiles, políticos e incluso religiosos. Ante la pandemia hay una falta notable de referentes no sólo políticos, sino morales, en cualquier ámbito, local o internacional. Escasean personalidades de relieve -dirigentes de diversos ámbitos e intelectuales- que sirvan de faros de orientación. Se ha exteriorizado un capitalismo sin límites éticos. Nos dirigen desde instituciones políticas con escasa previsión. Obligados a improvisar soluciones drásticas ante ciudadanos que han visto desmoronarse sus certezas y hábitos cotidianos y que en una muestra de apostasía grupal se resisten a aceptar la realidad y sus duras condiciones. El populismo y el nihilismo, con su mensaje de falsedades y engaños, han pretendido colarse en la vida social e influir en la política, posiblemente con implicaciones del poder económico codicioso. Sin duda ha contribuido más lo desconocido y la sensación de impotencia, ante una pandemia que reclama de la responsabilidad pública, de la colectiva, pero también de la de cada cual. La consecuencia es una enfermedad moral, además de mortal, como se ha dicho.
  • Para la salvaguardia de la vida en este planeta, todos los seres vivos, dependemos unos de otros. No debemos desconocer que cuanto hagamos por cuidar y proteger la vida, tanto del planeta, como de otras personas, cercanas y lejanas en el espacio, estamos actuando sobre nuestro propio futuro. Lo sorprendente, por curioso, pero no novedoso, es que algo tan pequeño como un virus, haya cambiado tanto nuestra vida personal y sobre todo la forma de organizarse el mundo, en lo político y en lo económico. Una totalcura de humildad para las “avanzadas personas” del siglo XXI. Pensábamos que podíamos controlar todo o casi todo detalle de la naturaleza, y que estábamos por encima de cualquier forma de manifestarse la vida.

2.- Como trabajar un futuro distinto al pensado.

  • Me interesa el futuro, es donde voy a pasar el resto de mi vida.

Woody Allen.

Pese a la incertidumbre y consternación sobrevenida consideramos que, como en toda crisis vivida, los momentos de cambio se ofrecen también como oportunidad.

En la encrucijada en que nos encontramos podemos decidir si continuamos o no transitando el mismo camino. Volver a la considerada normalidad precedente, reconstruirla sin más. Si consolidar errores, o pensar responsablemente y con rigor a donde nuevo queremos llegar. Buscar pistas ciertas sobre cómo hacerlo evitando el riesgo y el engaño de dar vueltas sin avanzar en la dirección adecuada.

Así para el III informe del Observatorio se proponen y comentan a continuación siete cuestiones, que no pretenden agotar las posibles vías de salida tras la pandemia, sino que sirven de asidero para facilitar las conductas a adoptar que ayuden a lograrlo. Analizamos y proponemos de forma crítica, sin ir contra nadie, sino a favor o en contra de los hechos y de las actitudes. Es decir, nuestra intención, una vez más, es impulsar la condición ciudadana libre, sociable, instruida y responsable.

No son temas desconocidos, pero sí impracticados o insuficientemente considerados. Sin embargo, son de utilidad, para con ellos abrir escenarios de cambio. Para propiciar un aterrizaje suave de nuestras esperanzas en un futuro más humano, es decir solidario, inclusivo, preventivo por el bien común.

Bajo el título de “El cambio para una nueva convivencia”, analizamos temas que son claves para construir un futuro sustentado en un pacto social para un proyecto nuevo de vida en común. El pacto social es un concepto amplio que abarca e implica a variadas facetas de la vida cotidiana. Afecta a acuerdos sociales, económicos y políticos. Se funda en valores fundamentales y en la justicia.

Con motivo de atender los efectos de la pandemia, hemos observado que este pacto marginado de las preocupaciones de nuestra sociedad, sin embargo, estaba felizmente vivo. Con el inicio de COVID-19, los gobiernos intervinieron de una manera sin precedentes. Como hecho positivo, la pandemia ha estimulado un movimiento eficaz, repentino y masivo, de entidades multilaterales, instituciones supraestatales, empresas y gobiernos de toda dimensión. El Estado, el gobierno, el mercado, la ciencia, la educación, la cultura, se han reorganizado sobre el eje de la crisis.

Gran parte del aumento del gasto público se ha canalizado a políticas destinadas a fortalecer el pacto social y proteger a las personas de los efectos inmediatos de la pandemia.  Se han activado programas sociales de asistencia, medidas legislativas y sanitarias, disposición de recursos económicos, con el fin de amortiguar los riesgos económicos derivados de la crisis económica sobrevenida y sus secuelas sociales. Un objetivo general, garantizar las necesidades básicas para los individuos cuyo empleo, rentas y medios vitales se han reducido cuando no anulado.

Con las sucesivas oleadas de pandemia que se han extendido por toda Europa, la Unión Europea, el BCE y los gobiernos, han ampliado estas políticas. Como resultado: diez veces más de trabajadores protegidos que durante la crisis financiera mundial precedente; se han salvaguardado aspectos claves del pacto social anteriormente no atendidos como el derecho a la vivienda, que suele ser la mayor partida de gasto para los hogares, con el enfoque particular de apoyo a los inquilinos; la atención sanitaria y el refuerzo del sistema de salud; la aplicación de la renta básica universal, conocida entre nosotros como RGI.

Se trata de innovaciones sociales, más en su aplicación que en su concepto, destinadas a ampliar y asegurar el pacto social a largo plazo. La cuestión relevante está en qué nuevas innovaciones surgirán, cuáles se mantendrán y cuáles decaerán. Si se consolidan podrían constituir las líneas de un nuevo cometido social tanto para el sector privado como para el público. 

Estos movimientos y reacciones han dejado un poso en la conciencia colectiva. El Estado de derecho en el que se da el pacto social se cotiza como un valor esencial e imprescindible en la convivencia y gobernanza eficiente. De momento sale fortalecido, ¿se mantendrá una vez superada la crisis? Esa es la pregunta clave y la tarea pendiente para un futuro diferente.

La pandemia aún no ha terminado y sus consecuencias y repercusiones continuarán afectando la convivencia durante meses, incluso años. Los gobernantes deberán seleccionar con rigor qué iniciativas mantener. Es ineludible seguir innovando medidas sociales para hacer frente a los desafíos persistentes y a los nuevos que plantea la pandemia. Las empresas y el sector financiero tendrán que repensar su papel central en una economía apremiada a poner el énfasis en implicarse invertir y participar en las políticas sociales apoyando el empleo digno, el consumo racional y el fomento del ahorro.

 En este año 2020 se ha iniciado una nueva etapa de experimentación social y económica durante la cual los gobiernos y las empresas han tenido que reaccionar con una velocidad extraordinaria a las nuevas realidades económicas y sociales.  Es la oportunidad para aprender de estos experimentos y traducirlos en soluciones a largo plazo con el objetivo de fortalecer el pacto social de una manera duradera.

Esto no quiere decir que la desigualdad haya sido domesticada. Por el contrario, la pandemia ha revelado y exacerbado profundas divisiones económicas y sociales en las sociedades de todo el mundo que nos afectan a toda la humanidad. Consecuentemente nos empeñamos en reiterar la necesidad de suscribir en la actividad política y en la económica, un pacto social sólido y duradero con el que diseñar el futuro.

3.- El cambio hacia una nueva convivencia.

3.1.- Fomentar una sociedad más sociable y armónica.

  • Son las relaciones con las personas lo que da valor a la vida.

Karl W. Von Humboldt

Consideramos como principio que nos corresponde ejercer claramente nuestros deberes como sociedad. Antes hemos propuesto ser protagonistas, no sólo educados acólitos de la gobernanza, sino colaboradores activos no exentos de crítica y propuestas. Exigir una dirección política cualificada y creíble, con objetivos claros y comprobables de desarrollo de la comunidad. Efectuar una revisión rigurosa y renovadora, bajo la lupa de la búsqueda del bien común, de las fuerzas de fondo que mueven la sociedad: capitalismo, política, cultura, papel de las religiones, ideologías, papel de la prensa y medios de comunicación, redes sociales. Recuperar y retomar el significado de los valores de la democracia, la confianza en las instituciones y en los dirigentes.

El interés por cambiar es la única señal de que la pandemia ha dejado una enseñanza y algo hemos aprendido. No supone un drama sino una expresión de inteligencia. Siempre hay otra forma de hacer las cosas y no ser esclavos de rutinas. Cambiar es abandonar la vana y falsa seguridad que el desarrollismo nos ha imbuido. Cambiar es el camino de la regeneración, la creatividad y la innovación.

Como todas las generaciones precedentes hemos buscado conseguir una sociedad próspera que fuera superando las limitaciones en conocimiento, educación, salud, desarrollo económico y bienestar social universal. El evitar ahora los infortunios del pasado provoca, porque así lo exige el futuro, el desafío de idear las bases sobre las que sustentar el cambio, que rotundamente afirmamos es priorizar el bien común. Pero hoy y sin duda mañana, la tarea no es anodina, dejar que suceda, sino creativa, consciente y comprometida, con al menos cuatro objetivos bien definidos que determinan y dirigen el cambio.

  • Primero, para no reproducir errores desequilibrantes que llevan al sistema económico y político a la inestabilidad. Para obtener el mejor resultado, reducir la desigualdad, incorporar a la juventud a la participación en las decisiones cívicas, patrocinar el acceso universal al trabajo, la vivienda y la asistencia sanitaria, afianzar la asistencia a las personas dependientes y necesitadas.

Desde nuestro primer informe en este Observatorio hemos plasmado la inquietud en relación a los jóvenes y sus posibilidades futuras. Consideramos que, aunque no declarado como tal, constituye un problema en nuestra sociedad de gravedad política y social. No acaba de tener la atención institucional política y económica necesaria y su desatención está cronificando un condicionante capital para conseguir un desarrollo equilibrado y justo. El panorama se puede calificar de angustioso: elevados niveles de paro que no se corrigen, un sistema educativo con serias deficiencias y con una insegura conexión con el mercado laboral. Pese a una capacitación superior la contrapartida es una precariedad insuperable, un acceso a la vivienda desfavorable y una ausencia de vías efectivas que permitan e incentiven la inmersión en una vida laboral y social digna y la participación en las decisiones de la vida pública. Es decir, la idea clara de tener futuro. Se trata de una inversión estratégica. Acompañar el crecimiento de los jóvenes es un seguro de vida para el conjunto de la ciudadanía. No podemos fallarles.

La lista de temas que están pidiendo atención, por inquietar a la convivencia y revelar la vulnerabilidad múltiple de nuestra comunidad, se perpetua. El cuidado asistencial y sanitario de las personas mayores con dependencia, las vacilantes políticas de conciliación familiar, que no liberan a la mujer de elegir entre el trabajo y el cuidado, y que explican el impacto en los niveles de natalidad, la integración social y laboral de los emigrantes, la carencia de soluciones al desempleo endémico de larga duración, la insuficiente oferta social de vivienda pública, el incremento de la precariedad y la desigualdad. A estos problemas debemos añadir el debilitamiento del acceso y difusión a la cultura considerándolo como bien de primera necesidad, y por consiguiente dotarla de mayores apoyos, tanto económicos como divulgativos.

En el momento de hacer balance de la pandemia, no podemos aprobar que estos problemas, que definen el estado de una sociedad, vuelvan a estar fuera del foco de la atención pública. La sociedad y sus dirigentes tienen la obligación moral de ofrecer dignas expectativas de futuro a cada una de las generaciones. No son problemas de otros, sino historias reales de nuestra acomodada y a veces aturdida sociedad en la que pasamos los días y convivimos.

  • Segundo, la convivencia depende también de una gestión política pública que garantice el ejercicio de la libertad y la cohesión social. Que se base en el estricto cumplimiento de la ley, en la conducta ética y el ejercicio de principios morales, en el respeto representativo de los electores, en promover la confianza en unas instituciones democráticas fiables y transparentes. Es urgente no perpetuar como estilo de ejercer la política un proceder de crispación de los partidos políticos, de los representantes electos y como consecuencia de la vida social, estilo que deteriora la convivencia y la democracia. Hemos asistido al incomprensible uso de la afección de la pandemia en personas y en la economía, como intentos de provecho partidista y de liderazgos personalistas.

Entre los puntos negativos de la convivencia pública debemos señalar que el sufrimiento colectivo de la pandemia no ha conducido a los dirigentes públicos a un mayor entendimiento y cohesión ciudadana frente al dramático desafío que afectaba al común de la sociedad. Se ha incrementado la radicalización, se ha trasladado la agresividad política a la vida ciudadana, se ha utilizado y difundido la falsedad en la información, se han promovido conductas irresponsables, se ha obviado el dialogo parlamentario, se ha caricaturizado a los gobernantes. Las consecuencias de estas actitudes han introducido efectos perversos en la sociedad. Desde el desaliento ciudadano respecto de sus representantes, a la aparición de una creciente animosidad frente a las instituciones parlamentarias, de gobierno, judiciales.

Una de las primeras responsabilidades de los dirigentes es promover un espacio común de entendimiento, como plataforma imprescindible para una democracia efectiva y eficaz en la convivencia y la búsqueda del bien común. La ciudadanía merece algo más de nuestros dirigentes que el fomento del tribalismo. Si en Gipuzkoa, en Euskadi y en España aspiramos a tener una democracia de calidad, instituciones eficaces y respetadas, progreso, serena convivencia ciudadana, hay que promover y consolidar otros modos de la práctica política sin demora.

  • Tercero. La pandemia nos ha puesto en evidencia, demostrando que nuestra sanidad de la que tanto presumíamos, no estaba preparada y era importante la falta de medios.
    No se puede responsabilizar a nadie de falta de previsión ante lo imprevisible, de lo que sí se puede ser responsable es de la situación de organización y medios con la que nos ha encontrado la pandemia. Bien es cierto que gran parte de estas limitaciones son consecuencia de los imperativos recortes presupuestarios derivados de la precedente crisis económica.

Bastaba con observar las dilatadas listas de espera y los colapsos en las urgencias, para haber seguido mejorando las inversiones en sanidad. Si se hubiera seguido, en su día, una línea de nuevas inversiones y ampliaciones de medios y personal, con el fin de acabar con las listas de espera, con una sanidad preparada, de atención fluida y sin retrasos, holgada de medios, el número de fallecidos hubiera sido sensiblemente menor. Se han muerto muchos conciudadanos por las políticas de ahorro en sanidad, la falta de medios contribuyó en que el colapso hospitalario fuera mayor. Medios y fallecidos están en clara relación, a más medios menos fallecidos. Somos conscientes de que nunca hubieran sido medios suficientes. No se podía imaginar una semejante pandemia.

La primera lección que debemos aprender, cara al futuro, es que hay que atender los presupuestos destinados a la sanidad pública. Son necesarios más medios y más profesionales. Además de las reformas necesarias, para eliminar burocratización, mejorar en la eficiencia y en la motivación, sacarles un buen rendimiento a los medios. Si invertimos lo suficiente para estar al día en listas de espera y urgencias, estaremos siempre, quizá no suficiente, pero mejor preparados para emergencias como la actual.

Hoy la tecnología con la robótica proporciona una medicina más resolutiva y eficaz. No encontramos una vertiente humana en un robot, en la máquina “per se”, pero sí, si destacamos lo que, con estos logros técnicos, estamos consiguiendo en el aspecto de la salud, la satisfacción personal y social que ello conlleva además del aporte a la mejora en el estado de bienestar. La crisis del coronavirus ha servido para entender que la tecnología es un gran aliado para acercar médicos y pacientes. La tecnología actual ya permite: la telemedicina, las videoconsultas, la monitorización de pacientes a distancia y la hospitalización domiciliaria. Todo ello un principio de nuevas formas de atención médica a las que, a no tardar, nos acostumbraremos y que irán a más. Tenemos que preparar el futuro para una atención sanitaria eficiente y universal, es nuestra responsabilidad por el bien común.

  • Cuarto. Se supone que los dirigentes de cada país deberían adoptar esta misma filosofía, pero lo que en realidad está sucediendo (no solo ahora, sino desde hace mucho tiempo) es que, ante crisis o grandes problemas, no se toman las decisiones adecuadas, y cuando se toman, llegan demasiado tarde.

La sensación es que los dirigentes demoran excesivamente la toma de decisiones, cuando se prevé que no sean populares, que sean difíciles de explicar, o, cuando se trata de buscar un equilibrio entre lo que es positivo para unos y negativo para otros (por ejemplo, el cierre de la hostelería, la limitación de la movilidad, o, el confinamiento general en la actual pandemia). No se trataría de tomar decisiones que beneficien a unos y castiguen a otros, sino reconocer que gobernar es adoptar las medidas que además de buscar el mayor beneficio para la comunidad, permitan minimizar las pérdidas de los sectores afectados negativamente, aunque esas decisiones siempre dejarán afectados.

En otros casos las medidas adoptadas no son las realmente necesarias, sino que se atenúan para su más fácil aceptación, por la ciudadanía. Con lo que, no solo no logran conseguir el objetivo propuesto, sino que pueden alargar en el tiempo la intensidad de la crisis y su solución.

En concreto, y en lo que a nuestro entorno se refiere, nuestra sensación es que, en general, las medidas para el control de la Covid-19 han llegado tarde, fruto del desconocimiento sobre la evolución de la enfermedad y de la falta de previsión. Como resultado, las consecuencias tanto para la salud de la ciudadanía como para la economía han tenido mayor incidencia de lo deseable. Las medidas tomadas han resultado necesariamente drásticas pero la ciudadanía las ha asumido en su gran mayoría. Gobernar es resolución, no complicidad, con el objetivo de buscar el máximo bien común que a veces no coincide con el bien de algunos.

En definitiva y siempre desde la posición positiva, ante la pandemia actual, ¿no habría sido más conveniente y pertinente tener un sentido de comunidad cohesionada, una visión de país apoyado por sus ciudadanos y representantes y aunar fuerzas para salir adelante lo antes y lo mejor posible?

Desgraciadamente, las críticas por las decisiones tomadas, y las descalificaciones han sido habituales y no precisamente reconociendo y asumiendo las propias responsabilidades individuales. Ha resultado poco ejemplificador que un dirigente de un determinado partido político tome una decisión, para que otro dirigente de otro partido político tome la decisión contraria e intente anular la propuesta sin alternativa alguna. ¿Qué seguridad podemos tener en que la clase política quiere realmente lo mejor para el país y la ciudadanía, en estas circunstancias?

Necesitamos una gestión política basada en el estricto cumplimiento de la ley y el respeto al mandato representativo de los electores, que promueva la cohesión social, el dialogo y el acuerdo entre diferentes, que restablezca la confianza en unas instituciones democráticas fiables y transparentes, desde las que se priorice el bien común y la reducción de las desigualdades

3.2.- Una educación para el cambio.

  • «La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.»

Nelson Mandela

Promover una educación básica y superior basada en fomentar el rigor, el esfuerzo, y el conocimiento, la conducta ética, respeto a la ley, el bien común, los derechos humanos, pero también basada sobre valores humanísticos y de convivencia civil ciudadana. Enseñar a aprender a vivir con incertidumbre para generar la prevención y saber gestionar la evolución de los hechos sobre el caos de la carencia de certezas y el desafuero individualista.

En la situación actual no es fácil saber con cierta precisión qué mundo vendrá después. Sin embargo, debemos tratar de planificar el futuro. La Ciencia nos obliga a hacer hipótesis sobre las que irse acomodando a la realidad.

Los expertos vaticinan que, a partir de la pandemia, la innovación en la educación aumentará y que la enseñanza-aprendizaje se tornará más digital y a distancia. Esto obligará a replantear las metodologías educativas a todos los niveles y a establecer nuevas políticas públicas y apoyo económico que faciliten a los grupos más vulnerables de estudiantes unirse a estas tendencias y no quedarse atrás.

Las investigaciones sugieren que el aprendizaje «on line» aumenta la retención de la información, lo que significa que los cambios que han causado el coronavirus podrían estar aquí para quedarse. No obstante, hay quienes consideran que la educación a distancia nunca podrá competir con la presencial, especialmente en etapas educativas como la Infantil y Primaria, donde pedagógicamente es necesaria la interacción y socialización.

Expertos en educación señalan: «Si bien puede ser inevitable un mayor uso de la tecnología en la educación, la tecnología nunca reemplazará a un gran maestro. De hecho, un solo profesor puede cambiar la trayectoria de un alumno».[2] A su vez desde el Foro Económico Mundial se asegura que la efectividad del aprendizaje «on line» varía según la edad del alumnado, e insisten en que los alumnos y alumnas más pequeños requieren de clases presenciales por ser entornos más estructurados y porque los niños y las niñas suelen distraerse más en la enseñanza-aprendizaje «on line».

Debido a la pandemia, los docentes universitarios se han visto obligados a adoptar tecnologías digitales para que el alumnado pudiera estudiar en cualquier momento y lugar. Esto continuará después de la crisis sanitaria y provocará que los centros universitarios se reinventen y ofrezcan más estudios universitarios en modalidad online.[3]

No todo se agota en formar y evaluar. El reto es ayudar al desarrollo de la personalidad de nuestros alumnos y contribuir así a crear mejores ciudadanos. Colectivos como la Red Española de Filosofía, insta al gobierno a que incluya en el plan de estudios, una mayor presencia en los estudios de la filosofía como medio para contribuir a formar mejores ciudadanos. La transformación del sistema educativo pasa por un nuevo modelo de prestación del servicio que ponga el acento en el impulso del pensamiento crítico y de todas esas nuevas competencias requeridas para un proceso continuo de revolución tecnológica en el que las certezas son pocas y las incertidumbres innumerables.

El civismo, la responsabilidad social, la disciplina individual y colectiva pueden ayudarnos, lo van a hacer, a superar estos momentos tan complejos. Pero hace falta algún otro factor emocional que sirva como motor para activar la pujanza social que será necesaria para remontar esta dura situación. Los valores de entrega, dedicación, motivación, búsqueda de la calidad y de la eficiencia han de inspirar nuestra actuación.[4]

Actualmente la tecnología ha permitido con elevado nivel, impartir clases no presenciales por medio de presentaciones, videos y también se ha ampliado el campo de relación y enseñanza con conexiones con otros centros internacionales. Por esto, el profesorado deberá tener dominio de las herramientas digitales. Esta pandemia, está obligando a replantear los métodos para la enseñanza a distancia. Lo que lleva a los centros a rediseñar sus programas formativos para responder realmente a las necesidades de la economía y de la globalización, en este caso del conocimiento.

La pandemia ha forzado a las universidades, centros formativos y otras entidades educativas que ofrecen formación postobligatoria, a amoldar su oferta formativa atender una capacitación de valor universal como formación con garantías de empleo. Los estudiantes se decantarán cada vez más por estudios de amplio reconocimiento académico y empresarial que garanticen un empleo, y exigirán programas formativos que les preparen para conseguir un puesto de trabajo.

3.3.- Firmar un pacto con la naturaleza.

  • «El cambio climático es un problema que determina nuestro destino como humanidad: determinará el bienestar de todos nosotros»

Angela Merkel.

Cuidar y proteger el medio ambiente como espacio en el que desarrollar una vida humana digna en todas sus variadas facetas debe ser un principio y un valor individual y colectivo. Si la pandemia nos ha devuelto, por pura necesidad vital, la atención al espacio que habitamos, hemos subido un escalón en nuestro crecimiento humano.

Esta pandemia ha hecho, de una manera un tanto curiosa y espontánea, que una gran cantidad de gente de la noche a la mañana, sea consciente de lo valioso e importante que es el mundo natural para nuestro bienestar psíquico. Precisamente la naturaleza ha sido la gran aliada contra el aislamiento, ha sido objeto obsesivo de deseo y la búsqueda de instrumentos para disfrutarla (paseo, bicicletas, montañismo, etc. …) se ha convertido en un objetivo premioso para personas y familias. La naturaleza, sin embargo, siempre ha sido una aliada que estaba ahí y la hemos reencontrado como compañera de vida. ¿Será algo temporal y olvidadizo? ¿será una tendencia esnobista y pasajera?

Redescubrir la naturaleza, acompañarla, protegerla activamente, es una actitud cívica creativa necesaria para una existencia más humana. Responsabilizarse de su cuidado  es un acto político que nos implica a todos los ciudadanos.[5]Es curioso que parezca revolucionario demandar su conservación y protección.

Junto con el avance de la pandemia se ha comprobado que no hay tregua en la lucha contra el cambio climático. ¿Estamos persuadidos de que tenemos tiempo para evitar que sea irreversible? Cuando se combinan cambio climático y pandemia, parece haber un alivio engañoso, para el primero, a causa de la crisis del coronavirus. Las emisiones mundiales de CO2 han disminuido notablemente desde el inicio de la pandemia. Durante el primer semestre de 2020, la menor actividad económica y del transporte por razones de las limitaciones de la movilidad y el confinamiento general, redujeron en un 8,8 por ciento las emisiones en comparación con el mismo período de2019.

Pero como en toda paradoja, una vez superada la primera fase de la crisis ha habido fuertes rebotes. Abierta la economía y la movilidad, los niveles de emisión rápidamente se acercaron a sus niveles previos la crisis. Por lo tanto, la pandemia aparentemente ha ralentizado temporalmente el proceso de calentamiento global, pero no ha alterado su línea fundamental. Incluso podría derivar en un enfoque de «economía primero, clima segundo», y transformarse en lema con el que los responsables de la formulación de políticas públicas se sientan autorizados a suavizar los objetivos climáticos para acelerar la recuperación.[6]

Pero la recuperación por sí misma y sin un contenido social distinto al aplicado hasta ahora, puede ser un objetivo equivocado. Para que sea tal se debe buscar el desarrollo humano sostenible como lo exigen los objetivos de desarrollo de las Naciones Unidas. Durante estas dos décadas la obsesión de los gobiernos ha sido el crecimiento económico, permitiendo que se convierta en el «fin» en lugar del «medio”. Las consecuencias de esta obsesión se encuentran en el aumento de las desigualdades y la degradación de la base de recursos naturales que sostiene la vida en la Tierra.

Las medidas eficaces contra el cambio climático deben formar parte integrante de los esfuerzos por reconfigurar las economías para lograr el desarrollo sostenible. Esto requiere un cambio de enfoque, primero para abordar las causas que están en la raíz de las desigualdades y  segundo la degradación del medio ambiente, como los intereses corporativos codiciosos, el consumo excesivo, la falta de transparencia y de responsabilidad.[7] Pese a enumerarse por separado las causas de la desigualdad y de la degradación son las mismas.

El pasado 20 de mayo la Comisión Europea presentó una comunicación sobre la Estrategia de Biodiversidad para 2030: “devolver la naturaleza a nuestras vidas”.[8]

La pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas se consideran como una de las máximas amenazas a las que se enfrenta la humanidad en los próximos diez años. La naturaleza se encuentra en un estado de crisis.

Los cinco principales factores directos que inciden en la pérdida de biodiversidad son: los cambios en el uso de la tierra y el mar; la sobreexplotación de los recursos naturales; el cambio climático; la contaminación y las especies invasoras, factores todos ellos que contribuyen a la inestabilidad de los ecosistemas naturales.

La pandemia Covid-19 ha servido también para concienciarnos de la estrecha relación entre nuestra salud como humanidad y la de los ecosistemas. La nueva estrategia de la UE establece cómo Europa puede contribuir al esfuerzo mundial, dirigiendo la acción a que la biodiversidad europea esté en vías de recuperación antes de 2030, para beneficio de la sociedad, el planeta y nuestra economía, en línea con la Agenda 2030 de Desarrollo sostenible y con el Acuerdo de Paris sobre el Cambio Climático.

La Estrategia aprobada en plena crisis del Covid-19, se postula como pieza central del Plan Europeo de Recuperación, ofreciendo oportunidades de inversión y negocio, con el consiguiente incremento del empleo, para la restauración de la economía de la Unión.

La Estrategia se estructura en tres grandes ejes: Proteger y restaurar la naturaleza de la Unión Europea. Posibilitar una transformación efectiva. Impulsar una agenda mundial ambiciosa en biodiversidad.

A su vez los Estados miembros afirman en el Consejo que prevenir la degradación adicional de la naturaleza y la biodiversidad no es suficiente y se precisa una acción ambiciosa de restauración, en forma de un Plan de Restauración de la Naturaleza con objetivos e indicadores específicos que tengan cobertura legal.

Nos preguntamos ¿por qué no existe una Agencia Medioambiental con autonomía funcional, destinada a evaluar el uso de los fondos europeos y el impacto que vayan teniendo en la población? Sus informes, en base a los datos que deberían reportar los Estados miembros mejorarían el debate político de cada Parlamento y aportarían mayor seriedad y calidad al control de las políticas medioambientales de cada Gobierno.

El cambio climático no se puede considerar sólo como unproblema ambiental, sino sobre todo como problema de desarrollo. El cambio climático es un multiplicador de riesgos para otros problemas del desarrollo, como la inseguridad alimentaria y del agua, la desigualdad, los conflictos y la migración causados por sequías y la falta de recursos, las enfermedades y los incendios, por citar sólo algunos. Aunque sus efectos nos perjudicarán a todos, los países pobres y los grupos vulnerables serán sin duda los más afectados.

Las reuniones multilaterales celebradas durante este año, aunque han confirmado objetivos contra el cambio climático, han defraudado, por su pausado y lento avance en los acuerdos necesarios en la limitación de las emisiones y por el obstáculo del descarado negacionismo de los dirigentes de países influyentes en la reducción acordada. Pero para una mayoría ciudadana, inerme ante las grandes decisiones, el cambio climático ya no es una amenaza, es una realidad.

Estamos padeciendo fenómenos atmosféricos y climáticos extremos en todo el mundo. Olas de calor, sequías o inundaciones, temporales marítimos, con una intensidad y frecuencia nunca antes conocida. Pero entretanto los peligrosos intereses especulativos plantean, aun en la actualidad, y ante la evidencia del debate mundial sobre el medio ambiente, la privatización de la propiedad y gestión del agua, en concreto en lugares en los que es más escasa.

Sin ninguna intención alarmista debemos concluir con una ineludible pregunta. ¿Somos realmente conscientes del planeta que vamos a dejar a nuestros hijos y nietos y de las condiciones que encontraran para poder sostener al menos el desarrollo alcanzado por nuestra generación?

La pandemia ha puesto de relieve un riesgo que hemos pretendidamente ignorado y que se deriva de la interconexión ambiental, social y económica a nivel mundial. Cada crisis mundial, ya sean el cambio climático, las pandemias, la inseguridad alimentaria y del agua, las recesiones económicas sucesivas, las migraciones, cada una de ellas agrava los problemas y vulnerabilidades existentes, en particular a los sectores sociales menos favorecidos o países menos desarrollados. Las crisis desajustan los sistemas sociales, políticos, económicos y territoriales, cuando no los cuestionan. En consecuencia, toda respuesta a una crisis, como es el caso del cambio climático, es una tarea de implicación colectiva, en la que todos los actores, individuos, empresas, gobiernos y la sociedad civil tienen un papel importante.

Por tanto y mirando a una etapa post pandemia ha llegado el tiempo de vincular la reconstrucción de los daños causados por la pandemia con las medidas contra el cambio climático, como lo ha establecido la Unión Europea en su plan especial de recuperación. No puede quedarse en una simple constatación de los efectos por parte de todas las partes concernidas.

  • Dejar de proclamar las dramáticas consecuencias del cambio, superar el plano de las buenas intenciones que no se materializan y pasar a la acción.
  • Impulsar inversiones financiadas con criterios de sostenibilidad, formas de producción, estilos de vida, e instrumentos que limiten o anulen el deterioro y destrucción medioambiental. Denunciar públicamente la promoción de conductas, que incitan a un consumismo desmedido, que invitan al despilfarro de recursos (energía, agua, materias primas). Fomentar las fuentes alternativas naturales y renovables, la eficiencia y el ahorro energético.

Nuestro análisis concluye que la pandemia y la crisis climática han agrandado la brecha de convivencia en la humanidad. El cambio climático y la desigualdad tienen causas similares y deben ser abordadas juntas. Tras superar esta crisis, esperamos que el trabajo por la protección de la naturaleza, y la reducción de la injusta desigualdad se incluya en las ocupaciones de los partidos políticos, de las instituciones de gobierno, de las empresas y de la sociedad en general, y se convierta en una prioridad colectiva máxima.

3.4.- Consolidar Europa y la integración europea como proyecto común de convivencia.

  • “Hay una grotesca desproporción entre la influencia profunda que la política europea tiene sobre nuestras vidas y la escasa atención que se le presta en cada país.”

Jürgen Habermas.

Europa puede ser la parte de la Tierra donde cualquier persona sea capaz de vivir en cualquier lugar de su territorio preservando y desarrollando sus valores democráticos sin perder en absoluto su identidad original. Ya en el s. XVIII Edmund Burke pensaba que “ningún europeo puede sentirse enteramente exiliado en ningún lugar de Europa”. El año 2020 deja un poso de tristeza en el escenario europeo. No sólo por los graves efectos, repetidos, de los contagios de la pandemia sino por la lamentable separación de Inglaterra, las derivas populistas y la frágil democracia de los países del flanco Este de la Unión, las crisis mal resueltas y gravosamente mortales de las migraciones.

La Unión Europea fue fundada con convicción sobre bases humanistas cristianas, como garantía de la democracia y del sostenimiento de la sociedad libre e influyente en el orden internacional. Todavía a 70 años de su fundación duran las voces de los intereses egoístas disgregadores, de los ridículos pasaportes nacionales. Pero pese a ellos, Europa constituye una sabia y prudente abadía de gentes diversas en el que encontrar refugio en tiempos difíciles.  Queramos o no, el futuro de nuestros países depende de la protección de los valores europeos y de la solidaridad y cohesión comunitaria. Paradójicamente cada país europeo necesita a Europa para mantener su soberanía. Consecuentemente la tarea común consiste en conseguir una Unión Europea firme y consolidada para afianzarse como potencia inclusiva hacia el exterior y responder a las expectativas de los ciudadanos en el interior.

Actualmente los ciudadanos esperan más de Europa. No la critican tanto por su invasión de las competencias nacionales, sino por su inacción ante los desafíos comunes: ayer se trataba de las migraciones, hoy de la salud, desde la falta de armonización de las medidas de cuarentena hasta la búsqueda común de una vacuna. A día de hoy, de Europa se espera que actúe, y se la crítica cuando no lo hace, lo hace escasamente, o lo hace tarde.[9]

Ante los primeros daños en la economía y en el empleo, las autoridades monetarias, fiscales y financieras de los países miembros dieron una respuesta contundente de acuerdo a sus posibilidades. Sin embargo, fue la respuesta institucional europea la que permitió reforzar las medidas nacionales adoptadas, atemperando el impacto en empresas y trabajadores y permitiendo hacer frente a la crisis sanitaria. La gestión única de la contratación y distribución de la vacuna es una muestra de autoridad y orden eficiente.

 En un paso significativo, porque indica madurez en el liderazgo político, esta vez la UE ha sabido acordar y poner en marcha en unos pocos meses un conjunto coherente de medidas para paliar los efectos más inmediatos y, sobre todo, para lanzar la recuperación. Esta respuesta conjunta y además coordinada, ha sido necesaria para evitar que se amplíen las divergencias y discrepancias y para facilitar a las economías europeas afrontar la recuperación en igualdad de condiciones.

El plan se aprobó con un acuerdo político del máximo nivel entre la Comisión, el Consejo y el Parlamento Europeo. De esta manera la Comisión y el Consejo recuperan la iniciativa y la interlocución bilateral con los países miembros, algo que no sucedía desde Jacques Delors. Ha resultado simbólico de un nuevo futuro, la compra masiva de vacunas, la logística del reparto equitativo y regulado, el observar a todos los países poniendo la vacuna a la vez con el mismo ritual.

En la crisis del Covid19 la Unión Europea ha desvelado su eficacia y ha dado muestra de su capacidad de reacción en el ámbito económico (suspensión de las normas presupuestarias o las ayudas estatales, apoyo monetario masivo); pero también, de su impotencia en lo relativo a la coordinación de las restricciones fronterizas y de su cuasi inexistencia en el núcleo sanitario de la crisis salvo el abastecimiento garantizado de las vacunas.

Son tres los temas en los que se concentra la demanda para la Unión: la necesidad de un programa sanitario europeo común, las expectativas crecientes de los ciudadanos en las instituciones comunes para la salida de la crisis y la relevancia del liderazgo franco-alemán, en particular la personalidad política de Merkel, en sintonía con la Comisión en relación transparente con el Parlamento. Se necesita un proyecto europeo renovado en sus métodos y en su contenido para presentarse como una potencia firme, presta y audible, en un mundo cada vez más implacable y menos cooperante. La Europa que ha sobrevivido a una década de crisis, ha entendido que su transformación de espacio común a potencia es inevitable. Europa debe recuperar posición e influencia también en el tablero geopolítico.

Europa está de vuelta y en marcha. El paso adelante en la cumbre europea de diciembre confirmando la capacidad de defender el Estado de derecho y sancionar a los que lo conculcan es un paso considerable en la confirmación de la democracia europea. El valor radica en no establecer diferencias entre avance democrático e impulso al bienestar económico.

Se añade, además, una mayor exigencia en la lucha contra el cambio climático con una directiva sobre la Transición Energética. Se propone un Pacto Verde, que no es sólo un proyecto medioambiental y económico, sino también un proyecto cultural en cuanto modo de vida social y forma de construir el futuro. El plan europeo de recuperación plantea también reposicionar al continente en la revolución digital. La clave será combinar con rigor el uso masivo de datos y la protección de los derechos individuales.

Pero Europa es sobre todo una ambición. El 15 de abril de 2020 el Parlamento Europeo presentaba una Propuesta de Resolución Común sobre las consecuencias de la primera ola de la pandemia en el espacio comunitario y apuntaba como estas reflexiones a un futuro diferente., Concluimos este apartado con la transcripción de su punto 55 final por destacar esa ambición de un común siempre en construcción. Parte de los objetivos y reuniones señalados se han cumplido pero la demanda de una profunda revisión institucional europea sobre sí misma sigue vigente, aunque el virus haya sacudido posiciones burocráticas y nacionalismos insolidarios.

(El Parlamento)“Subraya que la Unión debe estar dispuesta a iniciar una reflexión profunda sobre cómo aumentar su eficacia y profundizar la democracia, y que la crisis actual solo acentúa la urgencia de dicha reflexión; considera que la Conferencia prevista sobre el Futuro de Europa es el foro adecuado a tal efecto; opina, por tanto, que la Conferencia debe ser convocada lo antes posible y que debe presentar propuestas claras, también mediante la participación directa de los ciudadanos, para llevar a cabo una profunda reforma de la Unión Europea, haciéndola más eficaz, unida, democrática, soberana y resiliente”.

3.5.- Había otra forma diferente de vivir.

  • De la conducta de cada uno depende el destino de todos.

Alejandro Magno. [10]

La vida durante esta pandemia ha sido una resistencia. Poco, por convicciones y voluntad propias, mucho, por imperativo legal y condicionantes sanitarias. Ante nosotros mismos y ante nuestro entorno hemos puesto en evidencia el peso del interés particular y el esfuerzo que supone la adaptación al interés común. También hemos conocido la débil capacidad de adaptación a situaciones no previstas e incómodas frente al estilo de vida habitual. Se ha puesto en práctica la astucia irresponsable para eludir sujetarnos a una norma dictada para proteger la salud pública. Se ha demostrado escaso sentido cívico de convivencia social y solidaridad. Lo que nos lleva a revelar la falsa base del lamento por la economía afectada. La conducta irrespetuosa con las normas de seguridad sanitaria, es el mejor contribuyente a la recesión económica, ya que se trata de una acción contra nuestro propio futuro.

De pronto hemos comprobado que la senectud es un problema que incomoda a una parte de la sociedad activa; que algunos jóvenes no saben qué hacer en su tiempo libre sino juntarse y beber; que para bastantes adultos la diversión por la diversión es la aspiración anhelada como forma de llenar la vida y que se  carece de alternativas; que hemos descubierto la necesidad del encuentro, de la relación con los otros, de la tertulia, del comentario, del debate, de la presencia; que prevalecía la ignorancia del entorno, la incomunicación, pese al móvil permanente en la mano, el WhatsApp, la redes, el chateo imparables.

En fin, ante la venta de salud cuasi perpetua, de musculada y tersa belleza corporal más allá de la edad, y del bienestar inagotable, hemos comprobado la debilidad y limitación que la enfermedad y la dependencia, tanto directa como indirectamente, ponen de manifiesto para todos. Así, hemos llegado a vivir en la pandemia en el contraste de dos conductas que explican la dicotomía de nuestra sociedad y que condicionan su convivencia. Una es la de los reclamantes insumisos inconformes con las incomodidades ocasionadas por las directrices y normas de gobierno, como conculcación de derechos esenciales y otra la de los sufridores respetuosos, cooperantes pacientes, reconocedores de la necesidad de aceptar las directrices sanitarias, las razones de la ciencia, para reducir solidariamente el impacto de la pandemia.

Resulta extraordinario que un pequeño virus, haya incidido en la forma de vida y aspiraciones   de las personas avanzadas del siglo XXI. Una vez más somos víctimas de nuestra ancestral soberbia, acrecentada en las primeras décadas de este siglo por la difusión de la tecnología y el pomposo autoconvencimiento de considerarnos la «sociedad del conocimiento». La ausencia de un prudente recato nos hace ignorar que disponer de abundante información, en su mayor parte poco asimilable y útil, no comporta acceder de manera automática al conocimiento. Nuestra sociedad se había convencido a sí misma de que los avances científicos y tecnológicos hacen desaparecer los riesgos inherentes a la actividad humana y de la explotación descontrolada de la naturaleza. La pandemia nos ha devuelto la autocrítica perdida.

No cabe duda de que entre las consecuencias de esta crisis aparece algo “nuevo” y que el sentir común más expresado es el del cambio y de una forma nueva de vivir en sociedad. Hemos empezado por darnos cuentadel valor de las pequeñas cosas cotidianas: pasear al aire libre, visitar a familiares y amigos, tomar algo en una terraza, echar de menos los actos culturales, descansar en la naturaleza y seguir protegiéndonos, que es la mejor manera de cuidarnos y cuidar.[11]

Una gran parte de los ciudadanos lo ha vivido así. Pero existen varios riesgos de los que se debe ser consciente:

  • Primero, la previsión y la prevención de nuevas pandemias y de las consiguientes crisis sanitarias y económicas deben formar parte clave de la acción administrativa y política de gobierno. Pero también ser una preocupación habitual del sistema educativo, de la actividad económica y de la forma de vida de cada ciudadano en su ambiente familiar y de relación social.
  • Segundo, el riesgo de que la solidaridad observada en este tiempo de pandemia ceda ante la rutina o ante el egoísmo. Acechan otros virus como la indiferencia, el miedo, la inconsciencia, el desinterés por el bien común. Es fácil dejar en manos de los políticos y de los gobiernos el esfuerzo de que nadie se quede atrás, mientras los ciudadanos pensamos sólo en nuestro bienestar.
  • Tercero, el riesgo de querer volver al estilo de vida anterior a la pandemiay meternos de nuevo en la escalada de consumo y abuso del medioambiente que sigue deteriorando la vida en el planeta.
  • Cuarto, el riesgo de olvidar que la responsabilidad es una parte integrante de la libertad y que las consecuencias de nuestros actos se extienden mucho más allá de nosotros mismos y de nuestro entorno y tiempo inmediato, favoreciendo o coartando libertades ajenas.

La pandemia nos deja el aviso de que son tiempos nuevos, o, dicho de otro modo, los mismos, pero con más preocupaciones y tareas, que exigen previsión, prudencia y sensatez, cuidado y compromiso.

3.6.- Mirar al mundo que nos rodea.

  • Ahora sé que mi bienestar sólo es posible si reconozco mi unidad con todos los pueblos del mundo sin excepción.

León Tolstoi.

Aunque forzosamente encerrados en nosotros mismos y entre los muros de nuestra pequeña vida cotidiana, las complicaciones y pesares que nos ha proporcionado la pandemia no pueden impedirnos observar un horizonte más amplio. No podemos cerrar nuestro análisis sin referirnos a cuanto sucede más allá de nuestra comunidad. Como alguien ha escrito para superar la pandemia debemos tener “una mirada amplia que abrace a todo el planeta, aunque nuestro radio de actuación sea pequeño y concreto”.[12]

Hay más enfermedades sociales y políticas que acompañan a la pandemia, para las que no se ha encontrado todavía una vacuna. Pobreza y desigualdad, migraciones y refugiados, guerras interminables, amenazas a los derechos humanos y a la misma democracia, populismo y autoritarismo.

Las graves alteraciones que ha desatado la pandemia a nivel local y la recesión global que ha provocado no pueden hacernos cerrar los ojos ante las condiciones que afectan a toda la población mundial. El Banco Mundial ha alertado del riesgo de que entre 110 y 150 millones de personas (el equivalente a Brasil o México) caigan en la pobreza extrema en 2021 debido a la onda expansiva del coronavirus. Cifra desmedida para la economía y el bienestar global, introducción a un sufrimiento masivo y con unas consecuencias perniciosas en una economía interconectada.

 A diferencia de la crisis de 2008, que generó mayor impacto en las economías de países ricos, en esta ocasión son las economías de los países más pobres las más vulnerables al no contar con mecanismos compensatorios de la caída de la actividad. El resultado será según el Banco Mundial, que la pobreza se volverá a disparar después de dos décadas de progresiva reducción.

Como consecuencia, con gran probabilidad, numerosas bolsas de población entrarán en una pobreza extrema, sin alimentos, servicios médicos ni atención pública adecuada, generando un impacto que puede convulsionar el mundo y sus relaciones en los próximos años. El Banco internacional subraya también, que la confluencia de tantas economías débiles simultáneamente en recesión, amenaza con una década perdida, de crecimiento débil, colapsos en los sistemas de salud y educación y un endeudamiento insostenible y de bloqueo en los países emergentes.

La crisis derivada, señala otra desigualdad. Los países ricos han destinado importantes recursos de dinero público de apoyo a empresas afectadas y a los trabajadores que temporalmente pierden su empleo. En economías en desarrollo, con gran peso de actividades informales, no se dispone de soporte monetario, ni de capacidad de endeudamiento suficiente para millones de personas que ven interrumpidas sus fuentes de ingresos. Los efectos de este frenazo económico y financiero, pueden ser devastadores.

Se prevé posiblemente un regreso al crecimiento en economías fuertes, a la vez que una caída sostenida en economías débiles por no haber podido apoyar a sus empresas, trabajadores, sus sistemas sanitarios y educativos. Esto puede adquirir especial virulencia en América Latina.

Si la vacuna no llega simultáneamente a los países en desarrollo y a los países desarrollados no nos veremos libres de la pandemia que ya ha demostrado su rápida propagación y fácil contagio. África (Sudáfrica y Nigeria) marca la aparición de nuevas variantes(cepas) más contagiosas y de efectos todavía desconocidos del covid 19. No hay vacunas ni condiciones sanitarias como en las sociedades desarrolladas. Se complica, aun más, por compartir la actual pandemia con enfermedades contagiosas crónicas arraigadas todavía entre la población debido a las condiciones sanitarias de las zonas de residencia.

La conclusión es evidente o cambiamos los criterios de distribución de las nuevas vacunas y cooperamos en la red de asistencia de los países en desarrollo o no resolvemos el problema y los esfuerzos de los países desarrollados serán estériles. O nos curamos todos o no habrá curación.

Como ciudadanos del llamado “mundo rico” no podemos ignorar esta situación mundial, a la que acompaña el aumento de la pobreza en nuestra propia economía supuestamente desarrollada que también es alarmante. Un informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y Exclusión Social[13], indica que los efectos del coronavirus agravarán en España el escenario de pobreza: casi 12 millones de personas eran pobres o estaban en riesgo de exclusión antes de la pandemia, hoy 700.000 hogares no perciben ingreso alguno formal, una situación que obviamente empeorará.

Ante la experiencia de la crisis de 2008, que dejó grandes damnificados por la recesión y que amplió la brecha de desigualdad, la gobernanza del mundo en todos sus niveles, no debería repetir los esquemas que convierten el mundo en un lugar peor. Esa es la gran responsabilidad compartida en una economía global. Reducir la desigualdad necesita cambios profundos, culturales, sociales, económicos y fiscales. Diríase que necesita una nueva sociedad, una nueva economía, un nuevo Estado.

La nueva normalidad necesita abundantes dosis de solidaridad y de compromiso con el bien común para construir una convivencia local y universal que supere las inercias de un pasado irrepetible. Nos sirven como conclusión las palabras oportunas del Papa Francisco:

“La ayuda mutua entre países en realidad termina beneficiando a todos. Un país que progresa desde su original sustrato cultural es un tesoro para toda la humanidad. Necesitamos desarrollar esta consciencia de que hoy o nos salvamos todos o no se salva nadie. La pobreza, la decadencia, los sufrimientos de un lugar de la tierra son un silencioso caldo de cultivo de problemas que finalmente afectarán a todo el planeta. Si nos preocupa la desaparición de algunas especies, debería obsesionarnos que en cualquier lugar haya personas y pueblos que no desarrollen su potencial y su belleza propia a causa de la pobreza o de otros límites estructurales. Porque eso termina empobreciéndonos a todos”[14]

La pospandemia nos deja deberes.

3.7.- Una democracia agredida y desconfiada.

  • No niego los derechos de la democracia; pero no me hago ilusiones respecto al uso que se hará de esos derechos mientras escasee la sabiduría y abunde el orgullo.

Henry F. Amiel

Entretenidos y preocupados por la pandemia, por sus amargos efectos, y enredados con ellos estamos viviendo agitaciones sociales que aparentan sucesos puntuales desconectados, extemporáneos. Su origen se encuentra, en la rebeldía ante la ruptura de los hábitos cotidianos causada por la necesaria rigidez de las restricciones sanitarias. Se evidencia la irresponsabilidad individual o colectiva ante el cumplimiento de las normas marcadas cuyo fin es la salvaguarda de la salud colectiva. Pero no debemos ignorar otras razones de fondo, una mezcla de frustración social tras dos crisis, social y económicamente demoledoras, acompañadas de una pérdida de confianza en los dirigentes e instituciones, ambos en opinión ciudadana, irresolutos.

No nos referimos a las reclamaciones de los gremios económicos y colectivos laborales, afectados por las medidas tomadas que han restringido determinadas actividades industriales, turísticas y de ocio. Ponemos el foco en las manifestaciones públicas, incluso violentas, de desacato a cualquier reglamentación y directriz de gobierno impuestas con los conocimientos y medios disponibles y con la autoridad que le proporciona la legítima representatividad.

Los intentos de trivializar estos hechos, demasiado frecuentes en una sociedad en conmoción, nos llevan a recordar, particularmente a los que de jóvenes no pudimos conocerla y disfrutarla, que lademocracia es frágil y blanco fácil de ataques. A pesar de haberla respaldado de palabra y de obra, durante los años que ahora calificamos de normales, la hemos descuidado, tanto por negligencia como por credulidad y torpe confianza. Sin duda convencidos en que por sí misma y por convicción cívica, los valores y la libertad que conlleva le darían solidez y resistencia.

Se socava la democracia en los sucesos provocados por desacuerdos ideológicos partidistas, dirigidos contra el orden acordado en nuestras calles y plazas. En la falsa confrontación de unos supuestos y arbitrarios derechos individuales conculcados, con la protección del bien común y público. En la intencionada acusación de calificar como represión las acciones preventivas de la autoridad protegiendo las medidas sanitarias, conculcadas desde actitudes y conductas irrespetuosas, irresponsables y caprichosas. En el discurso político, mediático y callejero, partidista y carente de argumentación rigurosa, que se arroga representación universal y cuestiona, por no ser de su autoría, la aplicación colectiva de medidas sanitarias restrictivas en defensa del bien común.

También se erosiona con la opacidad y confusión informativa en las acciones del gobierno. Con el permanente estéril y cansino concurso de ideas, sobre cuáles son los idóneos procedimientos balsámicos que cada cual aplicaría. Con la ausencia de dialogo, acuerdo, colaboración y confrontación entre instituciones de gobierno en materia de programas sanitarios. Paralelamente se alienta la desconfianza y la distancia ciudadana con la gobernanza democrática, el desorden, el oportunismo del provecho partidista, en temas que afectan al bien público general. Pero, sobre todo, en nada favorece a la confianza en la democracia lanzar opiniones rotundas desde la política sin la presunción de que los ciudadanos piensan y se informan.

En los sucesos políticos de este 2020 comprobamos que cuatro años atrás en Estados Unidos y dentro del ejercicio de la democracia se banalizó, trivializó y minusvaloró el acceso al poder de un hombre reconocido como alarmante para la democracia, entendida como tolerancia, pluralismo y respeto a la ley.

Observamos que en Europa tenemos también ejemplos semejantes elegidos por modos democráticos. A pesar de haber introducido graves desajustes en los valores cívicos y democráticos promovidos por la Unión Europea. Se sostienen por el injustificable apoyo de grupos políticos propagandistas del orden, sólo por conservar un ajustado poder y representación parlamentaria.

En nuestra política doméstica, estatal o autonómica, la polarización partidaria ha abierto un espacio oscuro al populismo y al extremismo radical. Se ahonda en la confrontación y el no reconocimiento de las decisiones tomadas por gobiernos legitimados por los votos de amplias mayorías estrictamente democráticas. Sin respetar el resultado electoral, se deslegitima el poder refrendado por el parlamento. Se prioriza sobre las urgidas demandas sociales y el consenso legislativo, el alcanzar el poder mediante la descalificación permanente de los gobiernos representativos, o acudiendo incluso al acoso violento de grupos afines.

En el ínterin de este agotador ambiente para el ciudadano, los casos de corrupción, el bloqueo institucional, la picaresca aprovechada, la carencia de instrumentos de gestión política, la ausencia de mayorías y acuerdos que estabilicen el gobierno, incrementan la incertidumbre y el desengaño ciudadano en la democracia.

Al pensar sobre la situación que siga a la pandemia, la consolidación de la democracia es una tarea inevitable. Se necesitará resolución política y cívica para defenderla, mantenerla y perfeccionarla. La firmeza de la democracia exige una vigilancia estricta por los gobernantes y por los ciudadanos, y pocas contemplaciones con quienes nos aseguran que desean controlarla y después liquidarla. 

Conseguir tales objetivos necesita elevar el nivel del debate político tanto entre partidos, como desde las instituciones políticas. Aunque ahora parezca un sueño, el libre ejercicio del derecho a voto debe servir para exigir a los partidos políticos poner también la política en manos de personas de conducta probada, comprometidos con sus funciones y rigor en el gobierno, capaces de restaurar la ética y elevar la confianza institucional con hechos y no solo palabras. En este sentido escribe estos días Adela Cortina que “es la hora de encarnar los valores éticos, que tienen por tarea acondicionar el mundo y hacerlo habitable para todos los seres humanos”.[15]

Entre las lecciones ejemplares que nos deja el año de la pandemia, en materia de protección de la democracia, señalaremos la de actuar efectivamente en la otra realidad, virtual o mundo digital. Los avances tecnológicos en la comunicación y la información son instrumentos que facilitan el conocimiento, el bienestar y el desarrollo humano. Pero los propietarios de la tecnología, convertidos en monopolio y sin regulación, no han tenido empacho en utilizar en su propio beneficio económico los ataques a los valores, al Estado de derecho, a la independencia judicial y mediática, a los derechos fundamentales y a la democracia.

Las instituciones democráticas han reaccionado aun con la oposición de intereses poderosos. La Vicepresidenta de la UE, Margrethe Vestager, ha iniciado una respuesta formal con el Proyecto de Reglamento de Servicios Digitales (DSA) en el que se impondrá a las grandes plataformas la obligación de retirar los contenidos ilegales, incluidas las ofertas de venta de productos fraudulentos, siempre que lo reclame una autoridad judicial o administrativa de cualquier país de Europa, no solo de su país de residencia. Y la ley de la selva dejará también de aplicarse en cuanto a los contenidos destinados a propagar la desinformación de manera deliberada y masiva. [16]

Desde este Observatorio, de constatación y reflexión sobre los hechos que nos incumben como sociedad concreta, confirmamos a nuestra ciudadanía que los riesgos para la democracia también lo son para sus derechos y libertades. Entre las convenciones para la normalidad social está aceptar que no siempre es posible satisfacer la voluntad particular, Como con humor dijo Churchill “la democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás”. Una opinión no es una verdad universal, sino un sentimiento subjetivo, demasiadas veces basado en prejuicios y falta de conocimiento y necesitada de revisión o contraste.

El buen funcionamiento de la democracia y su fortaleza depende de la capacidad ciudadana para comprender las reglas del juego democrático: el diálogo, el consenso, el acuerdo y respetar el principio de representación. Pero también, y de manera muy destacada en los tiempos actuales, de la capacidad de los gobernantes políticos y dirigentes en general, de dar ejemplo, ser moralmente irreprochables, para poder exigir a sus ciudadanos que sean responsables, comprometidos y generosos.[17]

Por anodina e irrelevante que pueda parecer una democracia en la vida cotidiana, nos hace falta recuperar la confianza y la identificación con ella, pero desde una actitud dinámica. Es decir, se trata de una asignatura por aprender y de un modo de conducta a ejercer. No ayudan los problemas sociales y económicos sin resolver que hemos referido en este informe, pero el dejar hacer y el pasar el tiempo no resolverán nada si no se opta por la exigencia y el compromiso ante nosotros y ante los dirigentes.

Con estas reflexiones no descubrimos nada nuevo, sino que apelamos a la experiencia vivida en otras dificultades pasadas en las que el consenso y la cooperación trajeron soluciones. Confiamos en que las nuevas generaciones la adquieran y asimilen porque nunca faltarán tiempos difíciles que pedirán unidad, diálogo y acuerdo.

Hoy y aquí, contamos con la democracia como el mejor instrumento de encuentro y apoyo mutuo. La prueba para la confianza en ella, nos la ha dado la respuesta de la sociedad estadounidense pro democracia y la llamada a la unidad de la sociedad. Comprobamos además en el día a día de la pandemia, la consistencia del Estado de Derecho y de la democracia que aportan una garantía de seguridad a la ciudadanía.

La organización democrática ha permitido una reacción rápida frente a los diversos problemas que provoca la crisis sanitaria, que trastocan la actividad económica de la sociedad con virulencia e incertidumbre. Desde sus instituciones de gobierno se atienden urgencias graves. Se corrigen desconocimientos y titubeos en las soluciones a toma. Se debaten, acuerdan y proponen medidas sanitarias, atenciones sociales y recursos económicos extraordinarios con los que enderezar equitativamente la vida política, económica y social.

De esta manera se encauzan conflictos ineludibles observando las reglas del pluralismo, el juego de las mayorías y el respeto a las minorías, así como a los derechos y libertades. Una democracia deliberativa considera como una profunda obligación moral, el deliberar con los demás y escucharle. Del mismo modo comprender las razones del otro y atenderlas hasta donde sea posible, como practica del legítimo pluralismo que justifica que se puedan dar políticas diferenciadas.

La ética democrática genera la obligación moral, que a su vez garantiza una democracia sólida y plural, porque considera al otro, no como un obstáculo a superar o soportar, sino como una pieza indispensable del desarrollo del sistema democrático, abierto al futuro y a la esperanza de todos.

Bibliografía

  • The Next Normal. The other challenge of our times Doubling down on sustainability. Varios autores. McKinsey & Company. Diciembre 2020.
  • Fratelli Tutti. CARTA ENCÍCLICA DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE LA FRATERNIDAD Y LA AMISTAD SOCIAL. Ediciones del Vaticano. Otoño 2020.
  • European Antipoverty Network. Red Europea de Lucha Contra la Pobreza y la Exclusión.  ‘I Congreso Europeo Contra la Pobreza y la Exclusión Social’, EAPN-ES. Diciembre 2020
  • ¿Hacia dónde nos dirigimos? Reflexiones en tiempo de pandemia. Cristina Pena Mardaras. ÉTICA Y DESARROLLO. 21 julio, 2020.
  • El valor de la incomodidad. Mar Gómez Gonzalez. El Pais Opinión. 19112020.
  • Estado de ansiedad. Berna González Harbour. El Pais Semanal. 8 noviembre 2020.
  • Addressing climate change in a postpandemic world . Dickon Pinner, Matt Rogers, and Hamid Samandari. McKinsey & Company. Diciembre 2020
  •  El mañana sostenible es posible si cambia la gobernanza. Janet Ranganathan, Vicepresidenta del «Research, Data, and Innovation of World Resource Institute.  Vatican News. 25102020.
  • COVID-19 has revived the social contract in advanced economies— for now. What will stick once the crisis abates? Anu Madgavkar, Tilman Tacke, Sven Smit, and James Manyika. The McKinsey Global Institute. December 2020.
  • L’Europe, par delà le COVID-19”, Clément Beaune. Secretaire d´Etat des Affaires Etrangeres.Ministere pour l¨Europe et des Affaires Etrangeres de France.  Politique étrangère, vol. 85, n° 3, otoño 2020 en L’Institut français des Relations internationales (IFRI).
  • When nothing is normal. Managing in extreme uncertainty In this uniquely severe global crisis.  Patrick Finn, Mihir Mysore, and Ophelia Usher. McKinsey & Company.November 2020.
  • What is the link between economic crises and political ruptures. New research uncovers the subtle interaction between economic and social forces.The Economist. Jan 21st 2021
  • How COVID-19 is redefining the next-normal operating model. Gregor Jost, Deepak Mahadevan, David Pralong, and Marcus Sieberer. McKinsey & Company. December 2020.
  • The board’s role in embedding corporate purpose: Five actions directors can take today. Celia Huber, Sebastian Leape, Larissa Mark, and Bruce Simpson. MK& Company. December 2020.
  • El Espectador Global. Pandemia sin referentes morales.  Andrés Ortega. Real Instituto Elcano.01/09/2020.
  • Adapting to a new World. Facing the challenges of the post-COVID-19 landscape. Blair Sheppard, Daria Zarubinay Alexis Jenkins. Strategy+Business. Columbia Business School. May 13 2020.
  • Respuesta económica europea en tiempos de pandemia: una visión española. Carlos San Basilio Pardo | Secretario General del Tesoro y Financiación Internacional, Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital. Carla Díaz Álvarez de Toledo | Subdirectora General de Asuntos Económicos y Financieros de la Unión Europea, Secretaría General del Tesoro y Financiación Internacional, Ministerio de Asuntos Económicos y Transformación Digital. Real Instituto Elcano. 18 de septiembre de 2020.
  • Gestión de una cartera para impacto Covid 19. Marco de Gestión de Impacto.  BID Invest. Julio 2020.
  • The next normal arrives: Trends that will define 2021—and beyond. y Kevin Sneader and Shubham Singhal. Mckinsey & Company. January 4, 2021.
  • Valores futuros para Europa. La resiliencia de la UE. Francisco G. Basterra. El País Opinión. 14 diciembre 2020.
  • De la peste a la penuria. La pandemia está hundiendo a millones de personas de nuevo en la pobreza extrema. The Economist. Internacional. Edición del 26 de septiembre de 2020.

fx


[1] Documento base para el III Informe 2020 del Observatorio sobre aspectos relevantes del contexto social de Gipuzkoa. Reforzar la ciudadanía. Comisión de Gipuzkoa de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del Pais.

[2]  Expertos en educación de la consultora McKinsey.  Reimagining a more equitable and resilient K–12  education system.

[3] Michael D. Smith. Profesor de tecnología de la información y marketing (Carnegie Mellon University – Estados Unidos), en un

   artículo para la revista Foreign Policy.

[4] Juan José Álvarez. Catedrático de Derecho Internacional Privado.

[5] El valor de la incomodidad. Mar Gómez González. El País Opinión. 19112020.

[6] Addressing climate change in a postpandemic world . Dickon Pinner, Matt Rogers, and Hamid Samandari. McKinsey & Company.

  Diciembre 2020

[7] Covid: El mañana sostenible es posible si cambia la gobernanza. Janet Ranganathan, Vicepresidenta del «Research, Data, and Innovation of World Resource Institute.  Vatican News. 25102020.

[8] Comisión de la Unión Europea. Estrategia de la UE para la Diversidad Biológica para 2030. Bruselas, 20.05.2020. COM (2020)

-Iñigo Ascasibar Zubizarreta. La Estrategia de Biodiversidad 2030 de la Unión Europea. Revista MONTES nº 142. 4 trimestre 2020.

[9] “L’Europe, par delà le COVID-19”, Clément Beaune. Secretaire d´Etat des Affaires Etrangeres.Ministere pour l¨Europe et des Affaires Etrangeres de France.  Politique étrangère, vol. 85, n° 3, otoño 2020 en L’Institut français des Relations internationales (IFRI).

[10] Plutarco. Vidas Paralelas. Alianza Editorial 2010 Bolsillo. Madrid 2016

[11] ¿Hacia dónde nos dirigimos? Reflexiones en tiempo de pandemia. Cristina Pena Mardaras. ÉTICA Y DESARROLLO. 21 julio, 2020.

[12] Ibidem

[13] European Antipoverty Network Red Europea de Lucha Contra la Pobreza y la Exclusión.  ‘I Congreso Europeo Contra la Pobreza

     y  la Exclusión Social’, EAPN-ES. Diciembre 2020.

[14] Fratelli Tutti. Cap. IV. Un corazón abierto al mundo.  El fecundo intercambio nº 137. Carta encíclica del Santo Padre Francisco

    sobre la Fraternidad y la Amistad social.

[15] Cuidar la Vida. Adela Cortina. Diario Vasco. 24 de enero de 2021.

[16] Bruselas contra los gigantes tecnológicos: dejar atrás la impotencia sin caer en la prepotencia. Bernardo de Miguel. Bruselas.

     El País, 16122020

11 Merkel: La magia de una gobernante. Geraldine Schwarz. EL País Opinión. 24012021

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