Si Ud. quiere gobernar o dirigir una entidad, debe entrenarse

Una propuesta para candidatos a gobernar siguiendo las ideas y métodos de Ignacio de Loyola.

publicado en BOLETÍN DE LA R.S.B.A.P. LXXV, 2019: 1-2,

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Dirigir o gobernar entre la incertidumbre y la necesidad Se habla mucho de tiempos inciertos al contemplar las relaciones entre bloques internacionales las relaciones entre socios europeos y las relaciones en las políticas domésticas. La ciudadanía observa liderazgos oscuros, pasivos e inoperantes, mientras aumentan los riesgos globales o el retorno a ideas y posturas que se creían muertas.

En otros casos domina el exceso de palabrería, el protagonismo casi siempre egocéntrico o autoritario, que convulsiona las reglas de la convivencia cívica.El termino gobierno y gobernar, han dejado de ocupar un puesto en la confianza de la ciudadanía. Sin embargo, afortunadamente seguimos votando y demandando que se gobierne bien.

La incertidumbre y la desconfianza han saltado a la economía, templo de la seguridad de nuestro futuro y el de las nuevas generaciones. En tiempos en los que los costes generales del sistema productivo se han reducido y permiten atenuar en parte la desigualdad y la pobreza. En tiempos en los que avanza el consenso por revisar las políticas impositivas para mejorar la distribución de la riqueza, en los que también por consenso se ha puesto por fin un límite a la contaminación en defensa del medio ambiente, en esos tiempos la gobernanza del poder económico está en entredicho. En estos tiempos necesitados de líderes imaginativos, realistas e impulsores de acuerdos y cooperación intergeneracional, encontramos que líderes empresariales de todos los continentes han sido succionados por el virus de la ambición y la codicia alentando la corrupción y poniendo en peligro grandes complejos industriales y de servicios, numerosos empleos y la propia economía mundial.

Las dudas se extienden al comportamiento del poder, su control, sus objetivos y su reparto en la sociedad. Crece el convencimiento de la connivencia entre el poder político y el económico, o el sometimiento de aquel a este. Los ciudadanos, con todos los avances sociales conseguidos, son conscientes de que no disponen del contrapoder suficiente que deberían encontrar en una democracia avanzada.

Tales desconfianzas críticas llevan a muchos ciudadanos, sobre todo a los jóvenes, a dudar de la viabilidad del capitalismo y de la democracia y a desconfiar de la capacidad de los líderes actuales para revocar la incertidumbre por su inacción, por su incompetencia para acordar y porque los cambios que proponen no son los suficientes cuando se trata de asumir y practicar la responsabilidad social de la que sin embargo presumen.

Romper esta dinámica es un reto muy actual, así como recuperar la confianza en los líderes empresariales y gubernamentales y en las instituciones de gobierno, para hacer frente a los problemas más apremiantes del mundo.

Escribir este artículo es una apuesta por el buen gobierno y el buen gobernante, hecha desde el convencimiento de la necesidad de modificar las vías de acceso a los puestos de mando en todos los órdenes de la vida social.

Un gobernante o una persona directiva que ocupa un puesto de representación pública debe estar cuidadosamente preparada, saber qué y cómo hacer. Es una obviedad que no se cumple. La formación es necesaria pero no es sólo académica sino omnicomprensiva, en cualidades, valores, emociones y sentimientos, domino personal, relaciones, conducta, austeridad, solidaridad, audiencia y atención al entorno social, sensibilidad innovadora.

Las entidades públicas y privadas no han mostrado comprensión de este hecho pues la rutina, el miedo al riesgo y al cambio en la empresa, o en el caso político la fidelidad sumisa al comité que manda deciden más que la racionalidad y el interés por la eficacia y el rigor. En ambos casos puede haber mejorado la formación básica y la técnica, pero escasea la que tiene además una dimensión responsablemente humana.

Gobernar es una tarea compleja para la que no basta acceder a ella por decisión ajena y satisfacción propia. Cuando uno ha experimentado esta situación no ha tenido más remedio en su fuero interno que regresar al pupitre de párvulo y empezar a aprender con el cuaderno en blanco, de la experimentación y de la reflexión razonada, sobre los actos, decisiones y demandas cotidianas.

Gobernar es además una tarea solitaria, exigente y cuya responsabilidad es difícilmente compartible. Nunca puede ser improvisación y nadie debiera llegar a un puesto de gobierno sin previamente prepararse o estar preparado para conocer a donde va. La preparación es un entrenamiento en el que la persona aprende y adquiere forma experimentando a modo de prueba y corrección. Aprende a aprovecharse de la experiencia como instrumento de gobierno y para el buen gobierno. Adquiere perspectiva de lo que debe gobernar y de cómo hacerlo adecuadamente y de esa experimentación se sigue la ejecución.

En este artículo sigo analizando las fórmulas que Ignacio de Loyola ha utilizado y transmitido sobre la cualificación de las personas a partir de la potenciación de sus propias capacidades. En particular sus ideas y propuestas para hacer un buen gobernante y para gobernar una institución. Sigo creyendo que sus ideas y escritos encierran una sabiduría practica de permanente referencia para quien dirige. Su propuesta de optimización humana al servicio del bien común sigue siendo atractiva y útil.

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