Si Ud. quiere gobernar o dirigir una entidad, debe entrenarse

Para estas situaciones Ignacio de Loyola al que acudiré con frecuencia, preveía que en el dirigente no debe faltar “la autoridad y experiencia conveniente” a las que debe acompañar “buen juicio” asistido “de buenas letras” o conocimiento para entendernos. En este artículo tomo como referencia ideas y propuestas de Ignacio de Loyola, crecidas en la experimentación de su autopropuesto programa de cambio personal, pero de gran utilidad precisamente para ejercitar esa capacidad de atender y entender el mundo interno y externo que no debe faltar a un dirigente. Ignacio ha demostrado ser un especial entrenador con fórmulas válidas y perdurables pues se entrenó a sí mismo y entrenó a sus compañeros fundadores de la Compañía.

1.1. Un modelo de dirigente entre los nuevos modelos académicos.

La figura humana de Ignacio se recompone desde un largo entrenamiento iniciado antes de Pamplona y continuado en Manresa, Barcelona, Alcalá, Salamanca, Paris, Venecia y Roma, pero concluido sólo con su muerte pues entendió que la persona nunca está acabada, sino en continua transformación como la vida, la naturaleza y la historia en la que está insertada. En consecuencia, propone y practica, la permanente observación y aprendizaje. El dirigente, nos advierte, será diligente y dispuesto: “sea vigilante y cuidadoso para comenzar y strenuo para llevar las cosas al fin y perfección suya, no descuidado y remisso para dexarlas comenzadas e imperfectas”. Exhortación al entrenamiento continuo, como adecuación a los cambios y a las circunstancias, como una preparación para estar siempre en situación positiva de creación, proposición, dirección, frente a la pasividad y el inmovilismo limitador.

La persona, sigue Ignacio, es cooperante de la creación y como tal es responsable de los medios naturales de que dispone, de su utilización y aplicación, y del uso del poder que puede conseguir. Es una afirmación de la instrumentalidad de la persona en la consecución de la voluntad de Dios que es el bien (salvación) de los prójimos, que en él significa un principio fundamental e ineludible y que debe ser el objetivo directo en la formación del líder y en su actuación, la búsqueda del bien común. Objetivo hoy necesario, aunque con limitadas adhesiones.

El poso de ese aprendizaje experimental asoma cuando define la figura del buen gobernante: 1.- tener como objetivo el beneficio de personas y organización (…es necesario haya alguno o algunos que atiendan al bien universal como propio fin), 2.- tener un conocimiento exacto de la organización que dirige (…es necesario haya quien le tenga de todo el cuerpo de ella)

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